miércoles, 10 de septiembre de 2008

Por la Mañana

Arnoldo se despereza tras sus rezos matinales, son los primeros segmentos del sol menor. En las partes superiores de las cárcavas que circundan Jonid se refleja su luz rosácea, las grullas comienzan a hacer ruido de veras, el resto de la garganta sigue en sombras. Los pescadores se han levantado temprano y rebullen por los márgenes del río en la penumbra mañanera abriendo las trampas de cangrejos. Los pastores hace rato que han salido. De la isla de la Escuela de Lucha llegan los primeros sonidos de las espadas de entrenamiento, aderezadas con órdenes secas de los instructores. Bueno, que llega un nuevo día.
Nuestro líder mira al enano mientras estudia sus libros del Arte, Lucrecio y Rotunda hacen la guardia y Horacio todavía plañe a Luvia con voz queda, balanceándose adelante y atrás. Abdel también lee. Nadie se ha decidido a comer todavía. Arnoldo reflexiona sobre los acontecimientos del día anterior:

¡Nos pusieron una multa!. Ocurrió durante la selección de los empleados. En la cola de los cuidadores de mulas va y se cuela un señor muy serio, con pintas de campesino, es cierto, pero con la cabeza nimbada de canas limpias y sedosas y una ropa de muy buena calidad para ser un vulgar cuidamulas. Nadie le hace mucho caso y él tampoco dice nada, se pone al final de la cola. Observa el proceso de selección de Rotunda con aprecio de conocedor, hasta se puede observar algún gruñido de aprecio ante el trabajo de la chica. Después, se acerca a nuestro líder y le larga con voz seca pero clara:
"señor, me llamo Intricantus, encargado de Recaudación y Multas del Plutarcado de Economías. Me temo que debo informarle que su compañía ha vulnerado las leyes de nuestra ciudad por contratar empleados sin permiso de los gremios. Le informo que debió pagar una tasa de una pieza de oro por persona contratada y mes de contrato o fracción, además, debió dejar una fianza de cincuenta piezas por empleado cuyo trabajo tenga visos de peligrosidad, para la viuda, entierro, heridas y demás y una copia de su contrato en el gremio que corresponda. Ahora deberá pagar la multa correspondiente, que es de treinta piezas de oro por infracción, o sea, noventa, y deberá hacerlo a lo largo del día de mañana. ¿Puedo preguntar su nombre?, ¿a qué han venido aquí, si puede saberse?, ¿son una compañía aventurera debidamente registrada?..."

Mientras Arnoldo reflexiona todo el mundo ha ido terminando sus labores mañaneras, llama la atención la voz ronca de un tipo singular, vestido con una pelliza tosca de cuero casco de bronce y botas de clavos. Parece lleno de abalorios y va armado. Está hablando con el guardia de la puerta y tiene una de esas voces que no pueden dejar de oirse a pesar de intentar hablar bajito, por su sonoridad.
La gran explanada se llena de ruidos, se van formando las colas a la puerta, advertido todo el mundo por el extraño madrugador de que han abierto. La compañía de teatro empieza a ensayar sobre la marcha. Al campamento de la Nueva Compañía Aventurera han llegado cuatro soldados de la ciudad, con una librea muy bonita (una grulla). Los sigue Intricantus, el inspector.

Arnoldo ultima sus instrucciónes al grupo:
-Abdel, usted se queda con los empleados cuidando del campamento, trátelos con dulzura, por favor. Señorita Tundra y Señor Avieso, es menester encontrar a la señorita Ainara. Una labor de la mayor importancia. No olviden que la civilización está podrida por su base y ha podido ser pasto de ladrones o bandidos. Intenten encontrar pistas en la posada del Extraño misterioso.
Lucrecio, Horacio y yo iremos con estos señores a cumplimentar las formalidades de rigor, luego iremos a nuestros templos respectivos a ver si se sabe algo del Extraño o de la pequeñina. Nos veremos al medio día. Señores, sigan mis instrucciones, pero no dejen de improvisar si creen que sirven al bién común. Buenos días.

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