sábado, 28 de febrero de 2009

Malos y remalos

Pero qué malos, malos, malos y requetemalos. Con total impunidad, dejan a Estólido Avieso atado junto con Rotunda -se quedó dormidito el pobre, encima de la faena de violación, y los han atado juntos, para ganar tiempo-. Pero todos están espectantes por ver cómo quedará el enano lujurioso cuando despierte la semielfa, y Abdel viéndolo todo. Ya están de vuelta, satisfechos y encantados cuando el sol mayor se planta en todo lo alto de la bóveda celeste.
-Jaaaaajajajajaaa, ocho mil cucas de oro, jaaaajajaa ¿cuánto nos había estafado el imbécil? ¿trescientas?
-Ahh, mmmmh, si, algo así. De esta manera servirá de ejemplo, que ya me he encargado de que se sepa por todo Jonid.
La última tarea del día, encontrar una cura para Rotunda. Después de intentar hablar con los sacerdotes de Luvia el Ciego y de Nudor el Bueno y no conseguir nada -extraños efluvios de maldad incomprensibles los han espantado- desembocaron en los sótanos del mal del templo de todos los dioses. Francor Dieus, dios del mal relacionado con las fuerzas telúricas, ha llegado a un acuerdo con nuestros más queridos villanos: un pastón en oro y el compromiso de bajar mil segmentos bajo tierra a cambio del intento de extirpar el mal de Rotunda Tundra.
-Bueno, siempre podemos visitar a los enanos en el país de Avieso, no nos han dicho dónde ir, ni que la superficie encima nuestro no pueda ser la cima de una montaña ¿no? Podemos cumplir con esta condición de mierda tomandonos unas birras al fresco.
Por cierto, ¿qué habrá sido de él?
Y ahi están, un lío de cuerdas en las que estaban atados los dos. Formando un incómodo sesenta y nueve, llenos de arañazos y mataduras, cansados ya del forcejeo. Abdel, cuidadosamente, remata los nudos de vez en cuando, disfrutando al máximo con la taréa, no vaya a ser que se desaten.
-Aaaah, mmmh. Bien, desátelos ya, tenemos trabajo.
-Quiero mi espada.
-A zuz órdenez jefe-. El dromedauro comienza con mucha precaución.
-Mmmmh, señorita Rotunda, no intente nada raro.
-Quiero mi ESPADA.
-¿Cómooo?
-¡MI ESPADAAAAA!
-Su, aaah, mmmh, espada ¿eh?
-Quieromiespadaquieromiespadaquiero hhhhh miespadaquieromiespadaquieromi hhhhhhh espadaquierOOOO MI ESPADAAAAAAAA!!!!
-Pues pórtese bien y síganos. Tranquilita y formal ¿mmmmh? Tendrá cumplidaaa satisfacióooon a suuuus requerimientos ¿mmmh?

domingo, 8 de febrero de 2009

¿Traición?

-¡A pegarnos la gran siesta!
-¿Pero no nos íbamos de putaaas?
-No, Rotundita, querida. Mmmmh, ah, sale el sol mayor, ¿ve usted?
Pisando cañaverales, barro arenoso y olorosas manchas de musgos y plantas exóticas, discuten a la vista de la ciudad. Al borde del río se detienen. En ese momento comienzan a cambiar los tonos de las cosas. El verde se torna pardo, algunas flores delicadas se cierran y otras, carnosas y correosas, se abren. Una multitud de seres se esconden y otros aparecen. La mutación del paisaje, color, aromas, sonido, es como un estremecimiento general, lento pero seguro. Sin prisa pero sin pausa. Otro universo, otra vida en cada poro del mondo cuando sale el Sol Mayor, con todo su poder.
Las únicas indiferentes: las grullas gigantes. Produce una falsa impresión de distancia verlas en el filo de la garganta. Tan grandes son, que acercan el sitio donde se encuentran haciéndolo engañosamente inmediato. Sólo al ojo avizor se le muestra la verdad. Los puntos diminutos que circundan sus cabezas elegantes son cornejas carroñeras (se oyen sus graznidos muuuy lejanos), bastante grandes de por si, que limpian a las grullas sagradas de sus enormes colonias de piojos tamaño extra.
Todo esto ve Rotunda. Quizá echando de menos su pasada comunión con la naturaleza. No perdido el ojo, si el sentimiento.
A una señal de Arnoldo, Lucrecio propina un empujón tremendo a la exploradora semielfa. Ahi es Troya: uñas, dientes, pies. Recurriendo a recursos inesperados, Rotunda lucha. Ha caído boca abajo, lo que impide que grite alertando a la ciudadanía que echa la siesta en la cercana Jonid. Estólido se ha cogido de su cuello de manera definitiva, como un cepo. Horacio inmoviliza, como puede, una de sus piernas. Arnoldo se está volviendo "invisible" a base de ponerse en bolas y en evidencia. Lucrecio, pensando que es pierna Rotundril, hace una llave a Estólido con furia implacable. Abdel hace lo que puede. La semielfa ha logrado desenfundar una daga y taja el aire a ciegas. Tan a ciegas que casi se corta las venas. Arnoldo, desnudo (y visible) como un gusano, se sienta en su cabeza. La situación se mantiene en una lucha sucia y carroñosa hasta que la pobre Rot deja de luchar. Está inconsciente.
-¿Quien ez el, mmmmmah, primero?, baaaaah.
-¡Yo!
-¡No, yo!
-¡Yo el último!
-Ammm, apartense piltrafas. Yo probaré, al fin y al cabo la idea ha sido mía, ¿verdad Horacio? ¿mmmmmhh?
-Si, jefe, si, desde luego.
Y entonces la violan en grupo. Justo precio por el favor que están a punto de hacerle, a decir del jefe.
-Coged la espada con cuidado. ¡Sin tocarla! Que como tengamos dos malditos en el grupo nos vamos a cagar en serio-. Horacio va desarroyando la idea genial. -Se la vendemos a ese imbécil de comerciante lameculos y engañador y chantajista y todo eso. Jus, jus, como la tendrá que sostener para tasarla -digo yo, vamos- quedará maldito, la deseará con toda su alma. ¡Y le vamos a sacar un pastón de la leche!.
-Si, queridos, ammmh, sencillo, elegante. Nos vengamos del tipo, ¿mmmh?, nos deshacemos de la espada de las narices y aaah, acabamos con la maldición de la señorita Rotunda-. Se termina de subir la bragueta mientras habla. -¡Andando!

domingo, 1 de febrero de 2009

La parada de los monstruos

-Os condeno, Rotunda, a, mmmh, cién latigazos por no haberme traído las mulas. Y ademas no me ha dejado hacer la siesta... Pero graciosamente conmutaré la condena por una multa.
-Pero si te he calentado la cama...
-Nada, cincuenta piezas de oro.
-Joder!!!! Cincuentaaa!!!!!
-Si no tiene que me firme un pagaré
-¡Treinta!
-Mmmmh, aaahh, no
-¿Cuarenta?
-Cincuenta, ¿mmmmh?
-¿Es negociable? curioso, curioso-. Ha terminado de decir Estólido en los iracundos recuerdos de Arnoldo Paje. Entonces todavía no estaba tán cabreado. Todavía no se le ha escapado un pedillo fino al hablar con el rapaz mugriento. Tan mugriento que ni siquiera ha sido posible llegar a un acuerdo con él.
Con la sospecha de haber sido engañado camina cauto a la torre de la bruma. Se para un momento. Mira a la sombra semiogra que le acompaña en forma de Lucrecio. Parece cambiado a sus ojos, más ogro, más machote. Le sientan bién la mueca y los colmillos. Hacen juego, no como antes. Además, para lo que está pensando del maldito comerciante, va muy bien. ¡Pues no les ha amenazado veladamente! ¡E intentó engañarlos! Entrecierra los ojillos en una mueca siniestra.
La avenida central esta bien empedrada, y ve los edificios tipicos de jonid, curvilíneos. Son, para su sorpresa, de planta redonda. Con puentecitos redondos entre casa y casa.
Recuerda la pinta de lameculos que tenía el vendedor enano (humano, pero bajito y calvo). Seguro que el otro era más honrado, imágenes de torturas sin nombre cruzan por su perturbada mente. Entre tanto, Rotunda ha desviado la marcha de todos a una tienda rara y olorosa. Distraido, Arnoldo entra con ellos. Lucrecio monta guardia en la puerta. Hierbas para el dolor de cabeza, o algo así. Entre la neblina roja de la ira, pasan fragmentos de palabras.
-Pues si es tán caro identificar los tarros que tenían los tipos esos, que se las meta por donde quepa la señora marquesa. Seguro que Lucrecio puede probarlas con la puntita de la lengua-. Horacio el Descalabrado habla con tono desdeñoso hacia los compañeros y la vendedora. Siendo fea parece una belleza al lado de los monstruos que se le han colado en la tienda. -Humm-. Gruñe. Guarda un impávido silencio lleno de callos y durezas de mil regateos, no se mueve un ápice.
Lucrecio asoma la cabeza por la puerta y dice que se niega. Decidido. En un rincón de la muralla se ponen a probar de varios tarros en hilera.
Los mejunjes, de varios tipos y colores -uno de ellos tiene el aspecto y el olor de la pura mierda- parecen tónicos y venenos para curar y matar. Típico de los ladrones.
Unas pociones de aceleración que se queda el ínclito jefe (y no dice ser un nenaza, ¡ja!) y poco más.
Las joyas después en la tienda del Gnomo rechupao y arrugadillo. Un tipo amable. Y ya pueden irse de putas. O por lo menos eso piensan todos. Pero una y otra vez los retrasa Arnoldo Paje con diversas cosas.
-Emmm, aah, habrá que ir a pagar los impuestos, mis malvados adláteres. Oh, compañeros libertinos pero no libres, si. El quince por ciento de las ventas-. El mosqueo, que no se ve más que en la mueca robótica que exhibe, va en aumento.
Un aroma de feromonas del cabreo llega a Horacio. Sus sensibles narices de ogro ciego, a pesar de los mocos típicos de la raza, lo alerta de que se encuentran en peligro de muerte. Quizá el jefe les ordene un ataque suicida a no se sabe bien que imposible desafío. O participar en un concurso de tartas caseras. ¡No puede ser! En nanosegundos, se disparan ciertos impulsos electromagicosimbólicos que generan un delicado esfuerzo de ciertos grupos neuronales en su pequeño cerebelo. Como fenómeno que es de la destartalada naturaleza del Mondo, suscitado por la brecha que ostenta en el cráneo, por la bendición de los dioses y por un glope de la infancia, piensa y repiensa mientras se dirigen al lupanar. ¡Bingo!, ¡si!, ¡yastá!:
-Jefe, jefe, tengo una idea-. Pero no parece un espárrago calvo, vestido con levita negra y gafas -aunque si que es feo-, no, él es el ínclito Horacio de mente praeclara. -Cuchi, cuchi cuchi-. Bisbisea en los oidos limpios de cerumen de Arnoldo.
Una idea maligna, una idea típica de un genio del mal, una idea que les llevará a librarse de ciertos fluidos, de una espada y de una maldición. Y que les llenará de pasta y de venganzaaaa ¡huhuhuhahaha, waaaahahahaha, WAAAHAHAHAHAHAHAAAAA!!!

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