domingo, 8 de febrero de 2009

¿Traición?

-¡A pegarnos la gran siesta!
-¿Pero no nos íbamos de putaaas?
-No, Rotundita, querida. Mmmmh, ah, sale el sol mayor, ¿ve usted?
Pisando cañaverales, barro arenoso y olorosas manchas de musgos y plantas exóticas, discuten a la vista de la ciudad. Al borde del río se detienen. En ese momento comienzan a cambiar los tonos de las cosas. El verde se torna pardo, algunas flores delicadas se cierran y otras, carnosas y correosas, se abren. Una multitud de seres se esconden y otros aparecen. La mutación del paisaje, color, aromas, sonido, es como un estremecimiento general, lento pero seguro. Sin prisa pero sin pausa. Otro universo, otra vida en cada poro del mondo cuando sale el Sol Mayor, con todo su poder.
Las únicas indiferentes: las grullas gigantes. Produce una falsa impresión de distancia verlas en el filo de la garganta. Tan grandes son, que acercan el sitio donde se encuentran haciéndolo engañosamente inmediato. Sólo al ojo avizor se le muestra la verdad. Los puntos diminutos que circundan sus cabezas elegantes son cornejas carroñeras (se oyen sus graznidos muuuy lejanos), bastante grandes de por si, que limpian a las grullas sagradas de sus enormes colonias de piojos tamaño extra.
Todo esto ve Rotunda. Quizá echando de menos su pasada comunión con la naturaleza. No perdido el ojo, si el sentimiento.
A una señal de Arnoldo, Lucrecio propina un empujón tremendo a la exploradora semielfa. Ahi es Troya: uñas, dientes, pies. Recurriendo a recursos inesperados, Rotunda lucha. Ha caído boca abajo, lo que impide que grite alertando a la ciudadanía que echa la siesta en la cercana Jonid. Estólido se ha cogido de su cuello de manera definitiva, como un cepo. Horacio inmoviliza, como puede, una de sus piernas. Arnoldo se está volviendo "invisible" a base de ponerse en bolas y en evidencia. Lucrecio, pensando que es pierna Rotundril, hace una llave a Estólido con furia implacable. Abdel hace lo que puede. La semielfa ha logrado desenfundar una daga y taja el aire a ciegas. Tan a ciegas que casi se corta las venas. Arnoldo, desnudo (y visible) como un gusano, se sienta en su cabeza. La situación se mantiene en una lucha sucia y carroñosa hasta que la pobre Rot deja de luchar. Está inconsciente.
-¿Quien ez el, mmmmmah, primero?, baaaaah.
-¡Yo!
-¡No, yo!
-¡Yo el último!
-Ammm, apartense piltrafas. Yo probaré, al fin y al cabo la idea ha sido mía, ¿verdad Horacio? ¿mmmmmhh?
-Si, jefe, si, desde luego.
Y entonces la violan en grupo. Justo precio por el favor que están a punto de hacerle, a decir del jefe.
-Coged la espada con cuidado. ¡Sin tocarla! Que como tengamos dos malditos en el grupo nos vamos a cagar en serio-. Horacio va desarroyando la idea genial. -Se la vendemos a ese imbécil de comerciante lameculos y engañador y chantajista y todo eso. Jus, jus, como la tendrá que sostener para tasarla -digo yo, vamos- quedará maldito, la deseará con toda su alma. ¡Y le vamos a sacar un pastón de la leche!.
-Si, queridos, ammmh, sencillo, elegante. Nos vengamos del tipo, ¿mmmh?, nos deshacemos de la espada de las narices y aaah, acabamos con la maldición de la señorita Rotunda-. Se termina de subir la bragueta mientras habla. -¡Andando!

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