viernes, 5 de septiembre de 2008

ESTÓLIDO

Sus pasos resonaban en el empedrado.
Las paredes de las casas estaban recubiertas de un mortero arenoso ocre, que daba color a la ciudad. El eco de los pasos de la gente, entre los cuales sonaban los suyos, así como sus voces, variaba en sonoridad, pues era modulado continuamente por la curvatura de las paredes de las casas. Los tejados eran más o menos cónicos, siguiendo la línea de la planta de los edificios. Eran grandes, lo que hacía sospechar de la existencia de espacios interiores, patios abiertos. Las calles constituían un espacio variable, en puntos muy estrecho, y seguidamente muy amplio, casi constituyendo pequeñas plazas. Las ventanas, todas de arco de medio punto, eran pequeñas, pero abundantes, y evidenciaban el grosor de los muros. En estas casas, o bloques de casas, de formas circulares, eran muy comunes los corredores, provistos de celosías de madera profusamente ornadas. Muchas se continuaban con pasajes entre las casas que cruzaban sobre las calles mediante grandes arcos y pasajes oscuros. Había muros entre las casas, delimitando patios privados con jardines en su interior. Escaleras pegadas a las paredes y muros llevaban desde estos patios y huertos hasta las casas, cuando se accedía desde el segundo o tercer piso.
Estólido se adentraba cada vez más en Jonid, sin prisa, y vio que muchos ciudadanos, y todos los empleados públicos con los que se cruzó, a los cuales se distinguía por sus ropas azules, llevaban un brazalete de tela gris en el brazo, el signo universal del luto al oeste de Fangaeria.
Las calles se abrieron a ambos lados en un amplio espacio, una gran plaza de forma más o menos circular, que era escenario de un acontecimiento interesante. Cerca de las puertas de la Torre del Homenaje, se había reunido una manifestación, todos con brazales grises. En silencio permanecían. Por los comentarios alrededor, se fue enterando de que los ciudadanos se manifestaban en duelo por la reciente pérdida de vidas en el horrible incendio de una famosa posada en el centro de la ciudad. De hecho, los restos eran evidentes, en un extremo de la plaza. Había ardido hasta los cimientos un bloque completo, y sólo quedaban en pie unos tristes muros exteriores. Además, las desgracias nunca vienen solas, y parecía que la mala suerte se había cebado desde entonces en la ciudad. Varios accidentes, tres desapariciones en el exterior, probablemente en los cañaverales o en el puerto. En fin, un cúmulo de calamidades ante las que mostraban su solidaridad con las víctimas, y su petición respetuosa de medidas activas ante el Consejo de Sabios de Jonid. Varios Sabios, con sus túnicas púrpura, y el mismo Comisario de la ciudad acompañado de varios hombres de armas, se encontraban entre los manifestantes. También se encontraban alli varios Jefes de Caravanas, en señal de respeto ante los habitantes de Jonid, que lloraba a sus muertos.
La plaza, era ligeramente cóncava, como un plato, inclinado hacia poniente, en cuyo punto más elevado se alzaba la Torre. En lo alto, había cuatro torreones coronados por sendas plataformas de terodáctilo. Dos de ellos se hallaban posados en este momento, con las libreas de Fangaeria. Una larguísima bandera de dos puntas ondeaba en lo más alto, con el Unicornio Blanco de Takitia, sobre fondo púrpura y ribetes de plata... en los muros colgaban pendones de muchos colores.
En el lado sur, se advertía una corta y ancha avenida que acababa en las puertas que daban al puente sobre el río, y entre los edificios la mole del Templo de Todos los Dioses.
“Bien, por mis barbas, que esto es suficiente para el colgado del Jefe... además, estoy ya necesitando un descansito”.
Cuando llegó, estaban ya todos excepto Ainara.
Comiendo, por supuesto, como siempre.
Excepto Rotunda, que se mantenía aparte, ocupada en el mantenimiento de su equipo, y con la capucha ocultando su jeta, canturreando... ¡¿canturreando?!, vaya, la salvaje zorrilla estaba de buenas... mejor, a ver si un par de observaciones soeces la sacaban de sus casillas...
Abdel era la otra excepción, absolutamente impasible, rumiando en un aparte, y observándolo todo con indiferencia. Cualquiera diría que estaba meditando, o medio dormido, pero era una falsa impresión, seguramente estaba repasando conjuros...
“Bueno tíos, ya me estáis pasando ese odre, y abrir las orejas a lo que os tengo que contar...”

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