jueves, 16 de octubre de 2008

Chiste de enanos

-¿Eeeeh?. ¿Ah, ummh, si, mi queridita?. ¿Revolotear?, ¿irse?, ¿desaparecer?-. Al jefe se le llenan los ojos de lágrimas: -queeeriiiiida, cuán valiente es,- dirigiendose a los demás -¡tomen ejemplo!- la mira largamente y empieza a hablar como a los niños pequeños- noo pueeedes saliiir soooolaaa, los seres pequeñitos y delicados como usteeed deeben permaneceer a salvo con los grandotes. Además, aunque a usted no la vieran, ¿no ha pensado que sería muy rara una cuerda volando?, y - se sonríe- la que sabe orientarse, no es precisamente usted, que se pierde cada dos por tres ¿mmmmmh?, Hay que dejar a la señorita Tundra hacer su trabaaajooo. -Se pone serio -no olvide que hay quien siente el calor de los cuerpos, como nuestros adláteres Lucrecio y su hermano, no crea usteeed que la invisivilidad es un escudo contra todo, ¡que me lo digan a mi!, en boca cerrada no entran moscas ¿mmmmh?-.
-Bueno, creo que podemos descansar un instante. ¡Ah! me acabo de acordar de un chiste, ¿saben el del tio que era tan enano, tan enano que se subió en una pieza de oro y vio que le sobraban nueve de plata?-.
Ainara, Rot, Boronio y Horacio se ríen con ganas, pero mientras que la de los demás es discreta, la risa de Ainara es estridente, escandalosa. Se revuelca por el aire y sigue y sigue cuando los demás ni sonríen. A todo esto el señor Avieso tiene la cara de un bonito color malva, no ha movido ni una ceja. Ainara lo señala, y cuanto más malva, más risa.
Lucrecio está haciendo cuentas con los dedos, murmura por lo bajo y sacude la cabezota.

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