martes, 22 de julio de 2008

Lucrecio (Negociación con el camello)

"No me llamo Lucrecio, ni me envía Horacio el Descalabrado, Fangaeria esta a dos
pasos de aquí".

Lucrecio toma entonces una de las grandes monedas que ha recogido de la mesa, la limpia con la lengua y deja ver su aspecto a la luz de la última de las lunas. Oro, oro de las ciudades libres, una hermosa talla hecha a mano con la noble efigie del héroe de las guerras que no se llegaron a librar. Si fueramos orfebres entendidos, sabríamos que las monedas transportadas de manera tan orgánica por el muy estúpido de Lucrecio tienen diez veces su valor. También sabríamos, con echar un vistazo a sus neuronas en inferioridad numérica, que la genial idea del transporte sin la cual no hubiera podido hacer tan largo viaje, no ha podido ocurrirsele a él.

"Horacio ha querido venir en persona, por eso no he venido yo".
Lo dice volviendo a sollozar, como cuando lo conocimos esperando a Abdel.
"No lo hecho nada de menos. Estoy seguro de que no quiere hablar contigo, así
que no debes seguirme."
Camina bien derecho hasta las afueras del oasis, frisando con los roquedales llenos de bichos y sabandijas. Bastante oculto se puede ver un campamento, una fogata y unas tiendas, tres personas se calientan al fuego.

El primero es como Lucrecio, pero más pequeño, con una fealdad pareja y un abollamiento horrible en mitad de la cabeza, tambien tiene una mata bien peinada de pelo naranja. Sin embargo va vestido como los clérigos de Luvia el ciego y la expresión de su rostro parece equilibrada y nada bobalicona.

El segundo parece clérigo también, aunque se puede ver menos de su persona, parece que duerme a pesar del constante cuchicheo del hada duende que habla con el primero de nuestros personajes.

Lucrecio mira atras para ver si le ha seguido Abdel...

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