jueves, 3 de julio de 2008

Lucrecio (el contacto)

Mientras se come un moco pensativamente Lucrecio ve a su contacto. Inconfundible hasta para su intelecto limitado: con el rabillo tumefacto de uno de sus ojos ha visto cuatro pies extraños hasta para una posada tan cargada de seres inhumanos. Más arriba pelo, telas exóticas de colorines teñidos del polvo del desierto y ,emergiendo de los paquetes y alforjas, una gran joroba. La parte humana del camello se viste a la usanza de los mercaderes del desierto, piel morena, negras barbas, mala leche, mascullando para si, busca sitio en la posada en horas bajas.
Lucrecio se apresura en dirección a las letrinas. Cierra tímidamente el tosco pasador de la puerta llena de agujeros ("¡ventilación!" dijo una vez Davieso el posadero). Mas Lucrecio se sale de la tabla y adopta la "postura de combate" haciendo escapar el gordo culo de la inmediata vertical con el pozo de la mierda, la letrina se tambalea. Desde fuera podeis ver el casuto miserable con sus muchos orificios teñidos de rosa piel de semiogro bailar un baile peligroso, como un cubilete sin dados (o con uno gordo y blando). Acompasan el baile una serie de detonaciones y gruñidos. Pasa la guardia. El sargento mira incrédulo, sus tres soldados se miran entre ellos, un mensaje no expresado galvaniza el rudo pelotón -no han visto nada- y se apresuran a desaparecer.

Fruto de un esfuerzo denodado y de un tiempo medido en varias pintas de jugo de cardo (el camello espera) Lucrecio ha parido una piramide de materia variopinta con una pátina multicolor, como la del aceite usado. Mira con interés, olfatea, piensa -todavía quedan cosas ricas. Procede a devorar con deleite ciertos "premios" y va seleccionando sendas monedas de oro (no saba contar, pero nosotros vemos treinta, "diez para la vuelta y veinte para el camello" dijo su hermano Horacio). Relamiendose lo reune todo, pule las monedas contra sus harapos perfilando la efigie del augusto Señor Flataroy en fondos de ocre y siena tostado, abre la puerta y enfila tambaleandose hacia la posada.
¿No habeis notado el zumbido que le sigue?. Surgida de lo alto de un cáctus una figura diminuta sigue a nuestro héroe.
La posada va a cerrar. En lo profundo de la noche solo se oye el cantar de los Nike-Brikes. El camello y davieso comparten la ámplia sala mirando ambos el declinar del último trago, bostezan al alimón. Súbitamente irrumpe una masa marfil y caca por la puerta que ya no guarda Carbunclo, el portero (los trols tambien duermen ¿sabeis?) y con gráciles pasos de inmensidad aromática, antes de que lo puedan detener, Lucrecio deposita sin ninguna ceremonia delante de su camello el premio gordo de la noche: un risco de profundidades orgánicas, un depósito de materia bio-desagradable donde, aquí y allá, brilla tímidamente el oro.

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