miércoles, 9 de julio de 2008

Habitantes del oasis

La posada tiene varias salas. La principal y más grande es , a la vez, la más respetable, pero hoy intentaré visualizar la de los chicos malos, la de las juergas de las que más vale no hablar (je, como cuando el plutarca Banuestonio amaneció tirado en el cuarto de la basura y casi lo tiran a los pozos del reciclaje). El lugar se alquila a varias sociedades de entretenimientos (ambulantes o deambulantes) que ya han probado al jefe Pinpé. El de la voz de trueno procura que se haga precio especial a las autoridades que por ahí pasean de incógnito, prueba la mercancía, organiza el cobro de localidades cuando se tercia, mete prisa en la cocina con la nata y la crema de cacahuete cuando se requiere...
De entre los habituales destaquemos a Porrebrumo, sargento de la guardia nocturna, hombre cabal y conocedor, buen catador de las diferentes añadas de jugo de cardo y probado campeón en varios duelos de trasegar cerveza de revientaentrañas. Humano, como hay pocos en el oasis, una pequeña leyenda de voz suave pero rasposa, modales huidizos, incipiente barriguilla. Se le puede aplicar aquel refrán de que "más puede el diablo por viejo que por diablo". De canoso pelo, antaño moreno, ojos grandes de perro pachón, melancólico y amante de su amada, la señorita Lobesna, que previo pago, le obsequia un amor de la más buena calidad que se puede obtener por éstos pagos según afirman muchos. Y eso que se rumorea que tuvo acceso a la mismisima hija del Plutarca Banuestonio, a la que, según dicen, despreció con una bofetada. Tal vez por eso siga siendo el sargento y no pasa de ahí, pero si es cierta la historia, lo raro es que no esté muerto, algo pasa entre los dos, algún poder tiene Porrebruno sobre el Plutarca bienamado.

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