lunes, 3 de noviembre de 2008

Los ladrones de Jonid

Fuera de los susurros quedos emitidos por uno y otro bando, un ominoso silencio se oye por todo el túnel. Las chispas del hacha arrojada por Lucrecio ya se han disipado, queda la marca residual en la retina cuando comienza el baile. Antes se han desatado toda clase de emociones entre los contendientes. Órdenes en lenguajes de batalla, silbidos, gestos de la mano, miradas y sobreentendidos de los que acostumbran a luchar juntos.
-¿Vienen hacia nosotros?-, Rotunda, lo susurra mientras prepara su arco -Ainara, ¿exploras?- la voz de Arnoldo se pierde sin respuesta. Luego, al oir el inconfundible relincho del dichoso pony sigue silbando -quieto Estólido-. El enano se contiene como puede mientras rebusca en sus bolsillos mejunjes y emplastes para sus hechicerías. Lucrecio y su hermano funcionan como un tandem. El clérigo de Luvia ha ido dejando hachas arrojadizas para que las coja el guerrero semiogro, que saca la espada y embraza el enorme escudo. Se oyen voces humanas más adelante. Rotunda avanza pero Arnoldo la contiene con un chasquido de su lengua. Parece impaciente por combatir. Durante otro segmento se oye sólo el fluir de la mierda por el túnel. En la espera, se relajan los ánimos hasta el punto de oir al enano, -qué bien nos vendría una bola de fuego-. -¿Con la de metano que hay por aquí?-, Rot sonríe por su ocurrencia. En lo oscuro, Estólido también se ríe, -una muerte brillante-. -¿Dónde está Ainara, ha vuelto?-, Arnoldo es el único que nunca disfruta de estos ratiquinos. Pero cuando ve que no se ha llegado a ir, ordena el avance lento. La lámpara delantera con las tapas puestas. Antes de que llegue la orden del jefe, Lucrecio ya se ha lanzado con un grito salvaje

¡¡¡¡AAAAAAAAAAARRRRRRGGGGGHHHHH!!!!

Cantan los arcos de los ladrones de Jonid, y antes de llegar al cuerpo a cuerpo Lucrecio ya tiene una flecha clavada en la enorme panza. Rotunda ha tropezado con algo blando bajo el agua y está buscándolo. Sólo se ve su hermoso trasero, emerge agarrando algo triunfal, para darse cuenta de que ha cogido un ñórdigo extragrande. Alguien en la oscuridad grita de terror, se oye un chapoteo y la risa de Avieso, -uno menos, mh, mh, mh-. Horacio reza a su dios con un gemido hiriente, señala a su hermano. Hay un lío de espadazos sin pena ni gloria entre Lucrecio y tres indivíduos que han surgido de la nada. Para entonces Rotunda ya se ha incorporado al baile con gesto avergonzado, -Lucrecio, tapemos este hueco y machaquémosles-, Lucrecio no responde, pero intenta machacar. La mano de estólido se ha vuelto azul fosforito, la lleva en alto como si cargara con una cesta de huevos. Entonces rotunda pega con la espada, tajo sencillo pero efectivo. Auuuu. Todos la jalean. -¡Maravillosa espada!-, sin saber que está maldita. -Señor Avieso, no haga el tonto y a la pelea- Arnoldo no se pierde comba, y ha visto que el enano habla con Boronio. El muchacho está nervioso jefe, no queremos que haga ninguna tontería-. Entonces el jefe se arranca con un discurso sobre el honor... pero siguen pasando cosas.

De pronto, el aire, con un siseo, se empieza a llenar de finos hilos, como de telaraña, que se arremolinan alrededor de Lucrecio y de Rotunda.

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