jueves, 6 de noviembre de 2008

Atrapados en las cloacas

Rotunda Tundra cura las heridas de Estólido, Lucrecio y las suyas como buenamente puede. Con parte del licor y agua limpia que los dioses conceden a Arnoldo. Asimismo el jefe utiliza una extraña e inquietante habilidad que no le habían visto nunca, aunque todo el mundo la conoce. Podemos ver como el cadaver degollado de Boronio se levanta, muerto, inane, como una marioneta. Sigue al clérigo que lo alzó.
-Un paso previo a la resurrección, no lo vamos a dejar aquí. Querido amigo, ¿tiene alguna idea de dónde estamos?. Sin duda los indivíduos esos se han largado al exterior por ese tunelillo-.
-En terminos generales, estoy de acuerdo con lo expuesto... sin embargo, mis extensos conocimientos me permiten afirmar, casi con seguridad, que no encontraremos salida alguna al exterior-.
Estólido se mesa los bigotes con pavoneo y chulería mientras Rotunda le lava las heridas.
-Pues desaparecieron en dirección al cielo, no sé si lo recuerda-. Le replican.
-Bien, estudiemos cuidadosamente la cuestión, analizemos el lugar y...no llevamos un hada voladora?-.
-Si no hay salida al exterior, entonces siguen aquí, deberíamos largarnos deprisita-.
-Eeeeso parece. Asi que recomiendo encarecidamente precaución. Sabemos dónde se han escondido, podemos regresar cuando estemos recuperados. Al fin y al cabo, no queda otro remedio, no hemos encontrado la olla. Siento que el túnel no tendrá salida al fondo, lo cual no obsta para que haya alguna trampilla (vease sección tapas de cloaca) por los techos y bóvedas cloaqueras-.
-Bien, bien, ahora déjese de cháchara y ayude a la señorita Tundra a cargar los cadáveres en el pony ese. Parece musculoso, seguro que puede con ellos.
-No creo que el pony quiera salir al exterior.
-Por lo menos hasta la puerta. Cuando esté todo listo, seguimos cuesta abajo todo recto hasta el primer cruce en x. Recogeremos el cadáver del orco también si es que sigue allí. Quiero enterrar a todos estos como mandan los dioses-.
La compañía baja penosamente por el túnel principal, de vuelta. Con la "niña bonita", agujereada por flechas y espadas como un colador, y la otra niña, Rotunda, bastante apalizada, no tenen posibilidades de llegar muy lejos. Es entonces, después de pasar un recodo y dejar uno de esos tunelitos a la izquierda, cuando Ainara transmite a todo el grupo la sensación de presencias vivas. No hace falta más para ponerlos en marcha. A golpe de silbidos Rotunda pasa a la retaguardia pues vienen por delante y por detras. Como la sensación es más perentoria por donde vienen, todos se giran y ven... Que se oyen unos chillidos agudos y bajos. Algo con forma ratonil, pero del tamaño de un perro grande se arrastra corriente abajo aferrado a una piltrafa. De entre la piel negra y reluciente surgen unos ojos violeta fosforescente que miran con desconfianza. Un chapoteo y se extienden las alas membranosas. La sombra relampagueante a la luz de las lámparas vuela rápido hasta un hueco en el techo.
-Haga el favor de apaciguar a ese bicho antes de que descubra nuestra presencia a los que vengan por el otro lado, Señorita Tundra. Tome, la mano de uno de esos cadáveres, al fin y al cabo ya se le estaba cayendo. Creo que se lo merece después de atacarnos, ¿mmmmmh?-.
-Tenemos compañía por el otro lado... y se acercan-. Ainara revolotea hacia adelante y hacia detras.
-Seguro que de ese bicho se sacan interesantes componentes para conjuros-.
Lucrecio y Horacio vuelven a mirar hacia el otro frente.
-Ahora se alejan-. Ainara parece muy nerviosa, de pronto dice, -¿qué hacemos aqui?-.
-Estamos sobreviviendo, si no le molesta-. Arnoldo está en plena crisis de tensión, con todos sus tics disparados a plena marcha. -Y usted cuidado con sus agarrones-.
Estólido Avieso hace caso omiso, -Ainara, ¿esta usted bien?, ¿Sabe dónde estamos?, ¿sabe que día es hoy?, ¿cómo me llamo?. ¿Ein?, ¿agarrar?, aah, no, no puedo usar ese hechizo, me va el honor en ello jajajaja-. Finalmente se ha vuelto hacia su jefe con aire socarrón. -Parece que el animalillo nos ha abandonado señor-. En efecto, según confirma Rot, así a sido. -De momento parece despejado-.
Siguen bajando. Al llegar a la altura del cuarto tunelillo a su izquierda, tras otro recodo del túnel principal, se oyen claramente unas voces roncas que están cantando.
-¿Enanos enanos?-. Estólido frunce el ceño. -¿No es ese el querido sonido de los picos golpeando la roca?, metal contra piedra como un pico o como una espada...soy enano, por amor de Yurgain. Pero no, no, no pueden ser enanos, jefe.
-Mierda-. Cuando Arnoldo dice palabrotas, se diría que suenan elegantes. -Los orcos, quietos chicos no moverse ni un poquito, quizá esten enterrando a su compañero-.
-¿Enterrando los orcos?, jefe, metámonos en el tunelillo anterior cagando hadas duende-.
-Si, son semiorcos en realidad, pero tienen su honor, nos vamos por donde ha dicho Avieso, buscaremos otra salida-.
Atrapados, atrapados en las cloacas.

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