viernes, 1 de agosto de 2008

El robo

El fuego crepitaba, llamando la atención más aún , si cabe, sobre su importancia. La llama era lo único que, entre aquellas peñas magras, conseguía escasamente evitar su inanición en la noche helada del desierto. Miriadas de estrellas en una noche ventosa y sin luna...
Una tela entre dos peñas hacía de techo y parapeto, pero no conseguía llegar hasta el suelo de arena y cardos (afortunadamente, cuando dispones de un par de culos de ogro, de alguna manera se completa el caseto) Al otro lado, el Camello echado y rumiando, y entremedias, acurrucados y estremecidos, el Sr Paje y la Sra Tundra. De la pequeña Ainara nada, ni por asomo, se avistaba. El jugo de cardo, en bota, se pasaba con frecuencia (los ogros un odre, más de su tamaño). La voz del Camello era profunda y resonante, aditada a intervalos con resoplos y unos "eeeh..." más elevados de tono que asemejaban a balidos o mugidos, poseía un curioso ceceo.
"Eeeeh... parece que hay trato -brrrlp- Queda claro explicitamente que una vez que cambie de manoz acaba mi compromizo POR completo -brrrlp- EEEEH... -brrrlp- Ezta remeza ez el trabajo de de todo un ciclo de loz doz zolez, he recolectado y procezado material de -EEEEh- dezde la Montaña del Trueno hazta -brrrrrlp- Zaarlang -brrrrlp-brrrrlp- totalmente fuera de rutaz conocidaz y guardadaz..."

"con este negocio, viejo amigo, -dijo el Sr Paje- podrás darte la vida padre durante unos añitos..."
"El Camello -brrrrlp- ziempre guarda para la travezía del Dezierto. Mañana deberéiz entregar ezto a Daviezo en la Pozada, para que oz dé unaz alforjaz que le he dicho que guarde en la Marmita de los Raroz Caldoz"

Y les mostró una curiosa piedra cúbica, con un lado desigual, cubierta de jeroglíficos.

"El Gnomo Daviezo tiene la otra mitad -ZNOORRRT- y oz hará entrega de las alforjaz -eehhh- zon ezpecialez, cuando hay trato reciben lo eztipulado, ahora ya lo tienen. Azi que recordad, primero recuperáiz laz alforjaz, zegundo ze llenan -FRRRLT- mizteriozamente"

La Posada, entre sus servicios, se holgaba de ofrecer a sus clientes habituales y de confianza la posibilidad de guardar cosas. Davieso el Gnomo tenía en la habitación de atrás de recepción -por supuesto mágicamente protegida- una marmita de contención en la que , como él decía, se guisaban poco a poco sus caldos raros, todo el tiempo que el cliente estimase. Naturalmente por un precio estipulado.

Asi pues, ahítos de jugo de cardo, todos, felizmente, a dormir...

A la mañana siguiente, la piedra tallada sólo suscitó un moderado levantamiento de ceja del Gnomo, que, tras limpiarse las manos con el paño y echar un vistazo rápido a las dos o tres mesas que estaban acabando con los contundentes desayunos de la Posada se fué a la habitación de atrás....

....para salir un momento después con los ojos desorbitados dando un portazo:
"¡La Marmita! ¡ha desaparecido! ¡Me han robado!"

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