domingo, 5 de abril de 2009

¡Venganzaaaaaa!

-¿Y qué quiere esta?
-Que nos metamos en pleno territorio de los elfos Grel, a llevar una mierda de mensaje.
-¿Un mensaje?, ¿un mensaje a los Grel?
Los elfos Grel, o elfos Grunge, son una batulea de tipos de lo más desagradable. Famosos en todo el mondo por sus terribles correrías en territorios escogidos al azar. Amantes de la violencia, íntimamente ligados a los bosques, se deslizan sin ser vistos no oídos por las comarcas más inesperadas para rebozarse en increíbles orgías de violencia. Estólido abre una boca como un buzón mientras hace un aparte con Lucrecio, que oye una hormiga arrastrándose a no menos de cien segmentos. Lo que hace su vida de ciego ciertamente entretenida, ya que, por ejemplo, puede enterarse de cada palabra de las que pronuncian Arnoldo y una tiparraca vestida de modo estravagante: la sacerdotisa de la diosa de la venganza y patrona de los Grel, Arnuya.
Con la señorita Rotunda cargada a hombros, Lucrecio dormita en pie. El señor Abdel se ha disculpado de la negociación, para ir a torrarse en la plaza, a la luz de los soles combinados.
Por fin, se hace el silencio. El dinero cambia de manos. La sacerdotisa adopta una pose regia. Su rostro pálido adquiere una quietud de roca y su piel se transparenta por un momento, dando bastante asquito. Pero así son las cosas. Cuando se requiere la ayuda de los dioses no ocurre nada que no vaya acompañado de un cierto aroma teatral. Ellos son así, para eso son dioses. No pueden hacer las cosas que se les piden y punto. El caso es que dura poco, y no desagrada del todo a los presentes, ya que están imbuidos del espíritu de la cosa. Acaban de vengarse ¿No?
Un estertor sacude a Rotunda Tundra. Unos ojos como platos. Los vellos como escarpias, efecto del aura mágica que le ha pegao un repaso de arriba a abajo, o quizá efecto del estupor al darse cuenta de que ha arrastrado una estúpida espada de colorines y oropel, que no servía de nada, por segmentos y más segmentos de territorios salvajes.
El estertor, hace que Lucrecio, distraído, deje caer a la semielfa. El guarrazo contra el suelo suena como si fuera un saco de patatas. En tanto se pierden los ecos del ruido en los sótanos del mal, tamplo de todos los dioses, Rotunda levanta la cabeza.
-¡¿Por qué no me lo habíais dicho antes?! ¿eh? ¡Asquerosos! ¡Repugnantes! ¡Violadores!-. Dice por fin en un arranque de lucidez, abriendo más los ojos todavía más. El efecto de un conjuro divino SIEMPRE va un poco más allá. Y hablamos de la diosa de la venganza.
-Me vengaré-. Susurra por lo bajini. -Ya lo creo que me vengaré.

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