miércoles, 29 de abril de 2009

El Fin

Los restos de la batalla están esparcidos aquí y alla, entre los arribes del camino y los cercanos cañaverales... y los compañeros los contemplan todavía conmocionados por lo sucedido.
Al cabo los dioses, sin duda enojados por los continuos sacrilegios y blasfemias perpetrados al orden natural de las cosas, dejaron sentir su voluntad y su ira. Tortazo de Nudor.

Las cosas sin duda van mal, pero lo que los gobernantes ineptos hacen y deshacen, los dioses lo dejan al juicio de los ciudadanos y de la historia. ¿Qué les importa que los orcos estén cada día más sueltos por la frontera? ¿que los gnomos se peguen unos fiestorros padre por las ganancias obtenidas de tratos comerciales escandalosos? ¿tanto vale la sacrosanta neutralidad como para poner el culo de esa manera?. Y los enanos se llevan lo mejorcito de la juventud a sus universidades, en una incesante fuga de cerebros... ¿pero dónde iremos a parar?. Nada de esto sin embargo perturba el orden de las cosas: todo es como siempre fue y como siempre será... beatífica contemplación.

El insigne Arnoldo alzó su voz a los cielos, en fervoroso clamor, y el Padre Nudor pegó la hebra, graciosamente condescendió y descansó su mirada un momento en la pequeña (aunque trágica) escena. Aquello fue suficiente, como para transformar la voz del clérigo en Divina Amonestación.
Anonadados por la enormidad de sus actos y sus consecuencias, sumidos por un momento en la contricción y, dicho en plata, con el rabo entre las piernas, los cachazudos orcos de pezuña hendida que momentos antes se relamían con la anticipación del banquete y la rapiña, dieron la vuelta y, avergonzados, regresaron por donde habían venido, consolándose mutuamente como podían.
Los compañeros oyeron el sonido de la Verdad vociferada, y recordaron quiénes eran, con sorpresa (y, por qué no decirlo, cierta pena por el fin de la fiesta).

Pero nada es más valioso que recuperar el propio yo, sobre todo para Rotundita, dolorida ella, al igual, por supuesto, que sus arrepentidos compañeros. En fin, sea como fuere, su autoestima subió en gran medida, y pudieron mirar a los últimos acontecimientos con ecuanimidad.

La emboscada al salir de la ciudad, fue desastrosa. Todavía estaban recuperando la normalidad después de superar la maldición de la espada, y avanzaban en la tranquila y joven noche, disfrutando del aire fresco de la orilla del Grulla al pie de las murallas (que no, que las cloacas estaban un poquito más allá, leñe, y además el viento se llevaba los efluvios hacia el puerto ¡cojona!) cuando unos pocos quince (o más ) orcos de pezuña hendida salieron a su encuentro. Como su nombre indica, son orcos de una raza que tiene ¡pezuñas en lugar de pies! ¡y las pezuñas están hendidas!.
Además tienen muy mala leche, y brazos como jamones. En un momento, Lucrecio y Rotunda, haciendo honor a su condición de pegahostias del grupo, y secundados de cerca por Estolido, se fajaron con los muchachos y empezaron a medirse las costillas.
¡Pim, pam, pumba, cras! Alli no había color, y en seguida se vio que ganaban los de siempre. Las miradas de confianza se cruzaban entre los sonrientes guerreros, que se enseñaban los colmillos en silenciosa felicitación, y rugían sus carcajadas animándose a terminar rápido y poder empezar la juerga.
Lamentablemente, el calvorota ese bocazas tuvo que ponerse a gritar llamando a su papá... en fin, otra vez sería.

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