viernes, 6 de junio de 2008

En sus salas vetustas...

En sus salas vetustas, la posada ha sido teatro de numerosas historias, encuentros, sucesos,...
y mucho más el escenario donde se han escenificado, relatado, cantado, gritado, ... comunicado de mil maneras historias, historias, historias.
Hay un tablón de anuncios, un tablón donde cuelgan todo tipo de materiales que puedan servir como canal para trasegar ofertas y demandas.
Hay un enorme atril de madera fosilizada, donde un libro enorme de tapas de piedra está permanentemente abierto...
Los propios y extraños se comunican, comunican, comunican...
el buzz buzz de los dimes y diretes.


Siempre hay alguien que estuvo... o conoce a quien sí estuvo.

¿Os han hablado de un abismo del que no se conoce el fondo y se rumorea, por supuesto , lleno de tesoros de los restos de los infelices que acabaron por caer?
Un explorador formaba parte de una expedición, que partió de la ciudad con la misión de perseguir y dar caza a cierto rufián con un mapa del tesoro. Había que recuperar el mapa, castigar al rufián y de paso apañar todo lo que se pudiera por el camino. La cosa se dio medianamente bien, y tras un par de imprevistos en forma de templo en ruinas refugio de una secta de ogros poseedora del codiciado tesoro, y que no aparecía en el menú, y la maldición que pesaba sobre los ricos objetos, tampoco anunciada ni deseada, ya se volvían a casa después de una alegre semana de triscar por páramos y descarpados, cruzar torrentes invernales y adentrarse en las sempiternas montañas que invariablemente se alzaban a las pocas medidas de distancia desde la costa.
La sorpresa fue que el guía, e iniciador de la empresa aprovechó la oscuridad y la borrachera celebrativa para escapar con el tesoro, dejando al resto en mitad de la nada, con escasas nociones de dónde coño estaban, a merced de cualquier ser que por alli pasara, mismamente de la más que probable expedición de ogros que más que probablemente ya seguía su rastro... ¡ah, qué situaciones más entrañables...!
No quedaba otra que la huida hacia delante, y tratar de vengar la afrenta. La carrera acabó ante un leve terraplén, donde rodaban entre los hierbajos las piedrecillas y el suelto terreno, provocando desprendimientos que, pequeños, parecían no parar. La pendiente se perdía de vista, aparentemente más pronunciada en adelante. En frente, entre neblinas, aparecía una escarpada ladera muy verde, con árboles que dejaban entrever peñas. Todo aquel que se aventuraba en demasía corría el peligro de despeñarse, pues el terreno se hacía poco a poco más vertical, y lo suelto del terreno hacía la caída segura.
Detrás aparecieron figuras desgarbadas, con brillos de bronce y acero entre los mantos sucios y desgarrados, las melenas alborotadas. Se habían traído unos amiguitos bestiales, apenas vestidos con pieles y trapos, y cuyas cabezas eran de animal con cuernos. Se aseguraron como pudieron con cuerdas, e iniciaron el descenso.
Tras pasar la zona de tierra, se refugiaron de los desprendimientos bajo una cornisa. Establecieron un sistema de descenso con tres cuerdas a la vez que les permitía recuperar la cuerda, y eso les salvó de la horda que tiraba piedras y de la propia caída. Pasaron una noche agitada y fría.
La nueva luz trajo la primera visión del abismo: un tajo estrecho en el terreno, que parecía hecho la noche anterior por una corriente monstruosa que hubiera fundido la pura roca y la hubiera arrastrado lejos... las paredes aparecían moldeadas, onduladas, con rebordes repentinos y caprichosos, y con el paso del tiempo, que había estelado todo con grietas, presiones y derrumbamientos. La caída era vertical, y las paredes huían leve pero consistentemente cada vez más hacia dentro. No se podía ver el fondo, porque a cierta distancia una neblina establecía una barrera gris que parecía liso suelo. Pero eso se veía muy abajo. El descenso era lento, y la neblina parecía no acercarse , pese a transcurrir dos días de descenso. Varias veces tocaron unas cuerdas un poco elásticas y tensas que atravesaban en direcciones caprichosas su camino. Parecían seda de arañas, pero si asi era, el bicho debía ser grandecito. El primer encuentro, como casi siempre, para contento del...los hados, fue por sorpresa: alguien gritó alegremente que había dos enormes perlas incrustadas en la roca a pocos metros, y tomó impulso para acercarse y verlas más de cerca, pero la “roca” se le adelantó, y desde una distancia de seis espacios saltó hacia él, desplegando cuatro patas como cepos, con cerdas y espinas, y rematadas por uñas aserradas grandes como dagas. Al impactar, le abrazó y cayeron con violencia. Visto y no visto, sin tiempo para un grito, solo el silencio estupefacto y dos golpes lejanos y sordos. Vieron muchas más, trepando por cualquier superficie con movimientos rápidos y cortos, y tiempos más largos en los que el tocho central del cuerpo, compacto, cambiaba de orientación rápida y convulsivamente, para que los grandes ojos esféricos pudieran estimar las distancias. Tenían varios, de tamaños distintos y situados asimétricamente, pero que tenían una eficacia terrible, pues estas bestias podían saltar muchos espacios con mortal precisión. Al acecho en cualquier oquedad, o a la vista, invisibles por ser del mismo color de la roca, desde grandes distancias se disparaban de repente sobre la víctima, que poco podía hacer, a no ser que pudiera volar. El encontronazo suponía un salto al vacío donde desaparecían sin dejar rastro, lo cual parecía doblemente horroroso por su sinsentido.
Aquel enorme espacio vertical parecía un mundo completamente separado, con su propio orden que parecía en capas o alturas.
A los pocos días llegaron a la barrera gris y horizontal que desde arriba se divisaba. La neblina no era tal, sino espacio vacío, excepto por las miriadas de sedas extendidas en monstruosas marañas que se extendían por todo el espacio. En una cueva, esperaron sin saber qué hacer, hasta que observaron que había túneles en la maraña de telas. Las arañas saltadoras dejaban graciosamente el sitio a la variedad de jardín... con sus simpáticas costumbres de tejer. En aquella altura se establecían con sus enormes telas que recogían todo lo que se caía en el abismo. Vivo o muerto, nada escapaba. Incluso los derrumbamientos quedaban retenidos en tal barahunda. A lo lejos creyeron ver que una zona bastante estrecha del abismo había recogido tanto cascote, que parecía una isla solitaria en un mar neblinoso. Creyeron ver una luz sobre ella, como de fuego o linterna, pero estaba tan lejos que no pudieron asegurar nada.
Las arañas eran grandes y temibles, pero como suele ser el caso, no tanto que pudieran resistirse al filo de las espadas y demás objetos pinchudos y contundentes que los expedicionarios portaban con abundante liberalidad. Afortunadamente, descubrieron que, al igual que el cerdo en la doméstica economía, de la araña capturada no se desaprovecha nada, y con sus uñas picudas, pudieron confeccionar toscamente a modo de raquetas para la nieve, pero en versión pinchos para la tela-y-no-enredarte. Los blandos y carnosos pedazos de carne de donde la araña sacaba su hilo, se exprimían para sacar una pasta pegajosa que servía de improvisada sujeción de seguridad en las superficies lisas... Todo lo cual fue útil para ellos. Desafortunadamente varios murieron en el proceso, presos en los quelíceros de las reticentes bestezuelas, como también suele ser el caso.
Consiguieron atravesar la espesa capa de túneles telosos para asomarse de nuevo a un vacío indiferentemente inmenso, pero no desprovisto de luz. En efecto, vetas de piedra cristalizada asomaban en la pared en disposiciones vagamente paralelas que de alguna manera recogían la escasa luz de arriba y la transmitían a las profundidades, rebasando el nivel de espesas telas de araña.

Encontraron al guía, o lo que quedaba de él.

Estaba hecho un capullo, literal (y figuradamente también) del que asomaba una cara blanca y consumida. Había estado tres días colgando sobre la oscuridad inmóvil.
Tras espantar a las decenas de pequeñas arañillas que se lo comían vivo lentamente desde hacía días, les contó su historia antes de morir.
Había sido capturado y hecho prisionero. Fue objeto de deleite gastronómico y obsequio de cortejo arañil, y luego le colgaron el las fronteras inferiores de su dominio, al parecer como señuelo. Muchas arañas se congregaron a su alrededor, y durante mucho tiempo estuvieron inmóviles.
Finalmente se alzó una sombra desde las profundidades. Era serpentiforme, pero numerosos apéndices se situaban en sus costados a todo lo largo del tremendo bicharraco. Una cabezota poderosa y brillante desplegó dos enormes mandíbulas laterales como dos inmensas tenazas dentadas. Entrambas, un bosque de artejos y apéndices más pequeños se movían con temblorosa excitación, flanqueando una cavidad viscosa y amarillenta. Pero lo más formidable eran dos apéndices que nacían donde la cabeza se unía al cuerpo y, flanqueándola y sobrepasándola, terminaban en dos uñas negras y brillantes, cada una de ellas tan larga como un hombre.
Todas a una, las arañas se dejaron caer, y todos desaparecieron en la oscuridad enfrentados en mortal lucha.

Tras esto, todos los supervivientes decidieron que hasta ahí habían llegado, y que volvían a casa si podían. Vive para luchar otro día, y todas esas cosas. Deshicieron penosamente el camino hacia arriba, dejando todo lo que pesaba. Finalmente, sólo sobrevivió uno, el que contó la historia, y que está ahora tomando una buena jarra de lo mejorcito de la posada.
El granjero que lo encontró vagando por las afueras del valle medio ido, me contó que sólo tenía una caja, colgando de la mochila, hecha de piel y muy reforzada. Le rogó, o eso me contó después, que la cuidara bien pero que se cuidara mucho de abrirla por su bien mientras él se restablecía de sus penurias. El granjero, hombre sensato, caso le hizo, y así se separaron en amistad.
Sin embargo, este narrador dijo luego que el único tesoro de valor incalculable que se llevó de aquel abismo fue un ser maravilloso que podía emitir luz y que se encontró alli. Eso aparte de los materiales precioso ordinarios de factura humana que rescató y, por supuesto, se fundió en los tiempos subsiguientes. Su mayor secreto lo mantenía bien a salvo en su carromato, desde entonces y sólo lo enseñaba a aquellos que juzgaba merecedores de ello. De todos los que estábamos alli escuchando, yo fui el único que no aceptó acompañarle a verlo, pretextando demasiada bebida espirituosa. Ha vuelto él sólo, y ha dicho que los demás se han ido a dormir muy satisfechos, y me ha vuelto a invitar a ver su carromato, tal vez mañana. Tras aceptar, estoy terminando mi jarra mirando pensativamente al fuego. Quedamos pocos ya en la gran sala, y la noche nos arropa en su negrura, en una isla de tiempo y espacio donde el pensamiento reposado es posible. En cuanto a mañana... esta noche afilaré mi espada.

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